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El gran negocio oculto de los despachos: convertir su conocimiento ya amortizado en una nueva empresa
Freshfields estudia separar su división tecnológica, pero la verdadera oportunidad consiste en transformar décadas de experiencia, documentos y procesos internos en productos que puedan venderse miles de veces.
Durante décadas, los despachos de abogados han acumulado una enorme cantidad de conocimiento mientras resolvían los asuntos de sus clientes. Modelos contractuales, sistemas de revisión documental, criterios para detectar riesgos, metodologías de due diligence, estrategias procesales y formas de organizar operaciones complejas.
Los clientes pagaron los honorarios correspondientes a esos trabajos. El despacho retribuyó a sus abogados y asumió el coste de crear sus métodos. Gran parte de esa inversión está, por tanto, económicamente amortizada.
Hasta ahora, ese conocimiento servía para prestar mejor el siguiente servicio jurídico. Pero la inteligencia artificial permite convertirlo en algo distinto: un producto tecnológico que pueda utilizarse miles de veces sin necesitar que un abogado vuelva a realizar todo el trabajo desde el principio.
Ese puede ser el verdadero negocio que Freshfields acaba de poner sobre la mesa.
Freshfields estudia convertir su tecnología en una empresa independiente
Según ha publicado el Financial Times, socios destacados de la firma estudian separar Freshfields Lab, su división tecnológica, y convertirla en una empresa independiente capaz de atraer inversores externos e incluso llegar algún día a cotizar en bolsa.
Las conversaciones son todavía preliminares, pero algunos participantes consideran que el negocio podría alcanzar una valoración de miles de millones.
La oportunidad no consiste únicamente en desarrollar otro programa de inteligencia artificial. Muchas compañías tecnológicas ya pueden hacerlo. La ventaja del despacho se encuentra en los activos invisibles que ha construido durante años: experiencia jurídica, documentos, procesos de trabajo, criterios de decisión y conocimiento sobre las necesidades reales de las grandes empresas.
El verdadero activo no es la IA, sino el conocimiento acumulado
Una compañía tecnológica ordinaria puede disponer de magníficos ingenieros, pero necesita aprender cómo trabajan los abogados y qué problemas están dispuestos a pagar los clientes por resolver.
Un gran despacho ya posee esa información. La ha obtenido interviniendo en miles de operaciones y litigios, y la ha perfeccionado mediante el trabajo de generaciones de profesionales.
Ahí puede encontrarse una de las mayores ventajas competitivas de los grandes despachos frente a las compañías tecnológicas que pretenden entrar en el mercado jurídico.
No se trata únicamente de disponer de documentos. También existe conocimiento incorporado en los procesos: cómo revisar una operación, dónde buscar determinados riesgos, qué cláusulas generan problemas, cómo organizar una investigación o qué información resulta realmente relevante para tomar una decisión jurídica.
De herramienta interna a producto comercial
Freshfields explica que su laboratorio desarrolla herramientas de extracción de datos, análisis documental y colaboración para investigaciones, reclamaciones masivas y operaciones internacionales.
Si estas soluciones dejan de utilizarse exclusivamente dentro de la firma, podrían comercializarse entre departamentos jurídicos corporativos e incluso entre otros despachos.
Ahí aparece un cambio sustancial en el modelo de negocio. Una herramienta que inicialmente se construyó para mejorar la productividad interna puede convertirse después en un producto independiente.
El conocimiento utilizado para atender a un cliente puede transformarse, cuando sea jurídicamente posible y se haya eliminado cualquier información confidencial, en una metodología capaz de resolver problemas similares para muchos otros usuarios.
Del tiempo facturable a los ingresos recurrentes
El cambio económico sería profundo.
Los servicios jurídicos dependen principalmente de las personas y del tiempo disponible. Para asumir más asuntos suele ser necesario contratar más abogados. El crecimiento está, en gran medida, vinculado al número de profesionales capaces de trabajar y a las horas que pueden dedicar a los clientes.
Una aplicación, en cambio, puede ser utilizada simultáneamente por miles de clientes. El coste de crearla puede ser considerable, pero cada nueva licencia no exige reproducir todo el trabajo inicial.
El conocimiento deja así de facturarse una sola vez y comienza a generar ingresos recurrentes.
Esta diferencia puede transformar la economía tradicional de los despachos. En lugar de vender exclusivamente horas profesionales, una firma puede empezar a comercializar herramientas, licencias, sistemas de análisis o plataformas construidas a partir de su propia experiencia.
Un conocimiento que ya ha sido financiado
El elemento especialmente interesante es que buena parte del conocimiento necesario para crear estos productos ya existe.
Durante años, los clientes han financiado indirectamente su desarrollo mediante los honorarios pagados a los despachos. Cada operación, investigación, litigio o proceso de revisión ha permitido perfeccionar metodologías internas.
El despacho ya pagó los salarios de los profesionales, desarrolló los procesos y asumió los costes necesarios para alcanzar ese conocimiento.
La tecnología permite ahora reutilizar esa inversión de una forma diferente.
Eso no significa vender nuevamente el trabajo realizado para un cliente concreto. Significa identificar aquellas estructuras, métodos y conocimientos propios que pueden convertirse legítimamente en herramientas repetibles.
La frontera imprescindible: la confidencialidad del cliente
Existe, naturalmente, una frontera que ningún despacho puede cruzar.
La información confidencial, los documentos y los datos pertenecientes a sus clientes no pueden convertirse libremente en materia prima comercial.
El verdadero activo explotable debe estar formado por el conocimiento propio de la firma: metodologías, estructuras, procesos, modelos debidamente depurados y experiencias anonimizadas siempre que su utilización sea jurídicamente posible.
La distinción es esencial. Una cosa es transformar la experiencia adquirida en una herramienta y otra muy distinta comercializar secretos de quienes confiaron en el despacho.
El nuevo negocio solo será legítimo si conserva intactas la confidencialidad, la protección de datos y la independencia profesional.
¿Quién es propietario del conocimiento desarrollado por un despacho?
También será necesario determinar quién es realmente propietario de esos activos.
¿La firma internacional? ¿Las distintas sociedades que la integran? ¿Los socios que financiaron su desarrollo? ¿Los profesionales que participaron en su creación?
La respuesta puede ser especialmente compleja dentro de los grandes despachos internacionales, cuyas estructuras jurídicas pueden estar formadas por diferentes sociedades, asociaciones, partnerships y entidades que operan en distintas jurisdicciones.
La separación de una empresa tecnológica obligará, por tanto, a responder preguntas societarias, fiscales y profesionales mucho más complejas de lo que inicialmente parece.
También puede ser necesario definir qué tecnología pertenece a la nueva empresa, qué derechos conserva el despacho, cómo se remunera la utilización futura de ese conocimiento y qué relación comercial mantendrán ambas entidades.
El capital intelectual que no aparece en el balance
Pero la oportunidad resulta extraordinaria.
Los grandes despachos poseen un capital intelectual que rara vez aparece en sus balances. Durante años lo han utilizado únicamente para mejorar sus servicios y justificar sus honorarios.
Ese capital está formado por algo mucho más amplio que una colección de documentos. Incluye experiencia, metodologías, procesos, criterios jurídicos, formas de organizar información y conocimiento acumulado sobre cómo resolver problemas complejos.
La tecnología permite ahora identificar ese capital, convertirlo en producto y atribuirle un valor empresarial independiente.
Una posible nueva generación de empresas jurídicas
Si este modelo prospera, los grandes despachos podrían comenzar a desarrollar dos negocios paralelos.
El primero seguiría siendo el tradicional: asesoramiento jurídico personalizado realizado por abogados.
El segundo estaría basado en productos tecnológicos construidos sobre el conocimiento desarrollado por la propia firma.
Ambos modelos pueden complementarse. Una plataforma puede resolver tareas repetitivas, estructurar información o detectar riesgos, mientras que los abogados concentran su trabajo en decisiones complejas, negociación, estrategia y asesoramiento.
La diferencia es que el producto tecnológico puede seguir generando ingresos incluso cuando ningún profesional esté dedicando directamente una hora adicional a ese cliente.
El conocimiento jurídico puede convertirse en un activo escalable
El gran negocio del futuro quizá no consista en cobrar nuevamente por hacer el mismo trabajo.
Puede consistir en transformar el conocimiento ya creado y amortizado en una herramienta que pueda venderse una y otra vez.
Freshfields puede estar mostrando así una transformación mucho más relevante que la creación de una nueva compañía tecnológica. Está planteando una pregunta que probablemente terminarán haciéndose muchos grandes despachos: cuánto vale realmente todo el conocimiento que han acumulado durante décadas.
Hasta ahora, ese conocimiento servía principalmente para prestar servicios jurídicos.
La inteligencia artificial y el software permiten que también pueda convertirse en un producto.
Y, por primera vez, ese producto puede generar ingresos incluso cuando ningún abogado esté facturando una hora.
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