Los despachos de abogados se enfrentan a un competidor inesperado: sus propios clientes
Un nuevo estudio de HSBC revela que las grandes empresas están empezando a asumir internamente trabajos jurídicos que antes encargaban a despachos externos, planteando importantes interrogantes sobre el futuro de las firmas y sus modelos tradicionales de facturación.
Durante décadas, la relación entre las grandes empresas y sus abogados externos ha seguido un esquema bastante sencillo. Cuando surgía un problema jurídico, la compañía llamaba a su despacho de confianza, los abogados realizaban el trabajo y el cliente pagaba la factura.
Sin embargo, esta relación podría estar cambiando.
Según una reciente encuesta de HSBC, realizada entre más de cien directivos de despachos de abogados del Reino Unido, el 60 % identifica como un factor de transformación del sector el hecho de que los clientes estén asumiendo internamente una parte cada vez mayor del trabajo jurídico.
Las empresas pueden hacer por sí mismas más trabajo jurídico
La explicación es relativamente sencilla. Los departamentos jurídicos de las empresas disponen ahora de herramientas tecnológicas que les permiten realizar tareas para las que anteriormente dependían de asesores externos.
Y cada vez las utilizan más.
Esto está creando una situación bastante singular para los despachos. Sus competidores ya no son únicamente otras firmas que ofrecen honorarios más bajos o mejores servicios.
En determinados casos, sus competidores son precisamente las empresas a las que llevan años asesorando.
El problema no consiste únicamente en perder encargos
El problema va mucho más allá de perder determinados encargos.
Una empresa capaz de revisar documentos, preparar análisis jurídicos preliminares o desarrollar sus propias estrategias legales puede seguir necesitando un abogado experimentado.
Pero posiblemente ya no necesite contratarlo durante el mismo número de horas.
Y esto plantea una cuestión incómoda para una profesión cuyo modelo de negocio ha descansado tradicionalmente en la facturación por tiempo dedicado.
La inteligencia artificial cambia también la relación con el cliente
Helen Drayton, directora ejecutiva de Penningtons Manches Cooper, ha señalado otra dificultad: algunos clientes llegan a las reuniones con estrategias previamente elaboradas mediante inteligencia artificial, y los abogados deben dedicar parte de su tiempo a explicarles por qué esas estrategias pueden ser equivocadas.
¿Cómo debe facturar un despacho por esa conversación?
La respuesta no resulta tan evidente.
El trabajo jurídico puede haber cambiado incluso antes de que comience la reunión. El cliente ya no llega necesariamente con un problema que espera que el abogado analice desde cero. Puede llegar con documentos revisados, argumentos construidos y una posible estrategia elaborada previamente con herramientas tecnológicas.
En ese escenario, el valor del abogado puede desplazarse desde la producción inicial del trabajo hacia la revisión, la validación, la corrección y la toma de decisiones.
La facturación por horas se enfrenta a una nueva presión
El cambio plantea especialmente interrogantes sobre el modelo tradicional de facturación.
Si la tecnología permite a los departamentos jurídicos internos realizar en menos tiempo parte de las tareas que antes encargaban a un despacho, el número de horas externas necesarias puede reducirse.
El cliente puede continuar necesitando asesoramiento especializado, pero puede dejar de estar dispuesto a pagar por determinadas tareas preliminares que ahora puede desarrollar internamente.
Esto obliga a los despachos a preguntarse no solamente cuánto cobrar por su trabajo, sino qué parte de ese trabajo seguirá teniendo suficiente valor para que el cliente quiera contratarla externamente.
El competidor puede estar dentro de la propia empresa cliente
Durante años, la competencia de un despacho estaba formada fundamentalmente por otros despachos.
La firma podía competir mediante especialización, reputación, precio, presencia internacional, tecnología o calidad de servicio.
Ahora aparece un competidor diferente: el departamento jurídico interno del propio cliente.
Equipos jurídicos corporativos mejor preparados y dotados de herramientas tecnológicas pueden asumir una proporción mayor del trabajo y reservar a los asesores externos únicamente los asuntos de mayor complejidad, especialización o riesgo.
Eso modifica la distribución tradicional del trabajo jurídico entre empresas y despachos.
La tecnología no elimina necesariamente la necesidad de abogados
Sin embargo, existe otra cara de la moneda.
La tecnología no puede sustituir necesariamente el criterio, la experiencia y la responsabilidad de un buen abogado, especialmente cuando las consecuencias de una decisión equivocada pueden ser importantes.
Y quizá ahí se encuentre precisamente el futuro de la profesión.
Los clientes pueden estar cada vez menos dispuestos a pagar por trabajos que ya pueden realizar por sí mismos, pero seguirán necesitando profesionales de confianza cuando tengan que adoptar decisiones verdaderamente importantes.
Del trabajo jurídico a la responsabilidad sobre la decisión
La evolución puede obligar a los abogados a concentrarse en aquellos ámbitos donde su aportación resulta más difícil de sustituir.
Interpretar una situación compleja, valorar riesgos, anticipar consecuencias, negociar, diseñar una estrategia, intervenir en un conflicto o asumir responsabilidad profesional son funciones distintas de simplemente producir un documento o realizar una primera revisión.
La inteligencia artificial puede reducir el valor económico de determinadas tareas, pero al mismo tiempo puede aumentar la importancia del criterio aplicado sobre sus resultados.
La pregunta para los despachos será qué servicios permanecen suficientemente diferenciados para justificar la intervención de un asesor externo.
Los clientes decidirán por qué merece la pena seguir pagando
Para los despachos, el gran desafío quizá ya no consista en convencer a sus clientes de que necesitan abogados.
Las empresas seguirán enfrentándose a operaciones, litigios, investigaciones, regulaciones y decisiones en las que el asesoramiento jurídico será necesario.
Pero la tecnología puede modificar profundamente el punto en el que deciden acudir a un despacho externo.
El trabajo rutinario, preliminar o fácilmente automatizable puede desplazarse cada vez más hacia el interior de las empresas.
El trabajo de mayor riesgo, responsabilidad, especialización y complejidad puede convertirse en el verdadero territorio competitivo de los despachos.
Puede que el verdadero reto ya no sea convencer a los clientes de que necesitan abogados, sino convencerlos de qué servicios jurídicos merece la pena seguir pagando.
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